Los Dones de la Mar

Dominique GaviardPalos, troncos, ramas, maderos -pequeños, voluminosos, minúsculos, retorcidos, mojados, ásperos, curvos, nudosos, blanquecinos o renegridos-terminan su larga odisea por las aguas saladas, varados en las playas de Suances, Liencres o Oyambre.

Me conmueven estas maderas huérfanas que, un día, recorrió la savia. Todas y cada una de ellas guardan su propia historia. Sólo si sabemos prestarles un oído atento, nos facilitarán la clave de sus secretos encriptados. Tierra sin sal, pan sin levadura, estas formas inacabadas claman su gran soledad. Devolvámosle la palabra a este mundo silencioso que pide que le escuchemos porque no quiere ser, y no es, un simple cúmulo de deshechos abandonados en bajamar.

Cosecho estos mensajes naufragados de roble, pino, o de castaño (árboles asociados a la memoria de nuestra región) sea por su color, sea por su ondulación, su asperidad, su esencia… o quizá, ellos me eligen a mí. Después de limpiar, secar y de tratar la madera, me dejo llevar por sus nudos, fisuras y salientes. Los flotantes, sin duda alguna, dirigen la orquestación al marcar el “tempo” creativo. Y la mano humana da entonces la pincelada final a lo que la misma naturaleza ideó en su momento.

Opto por dejar algunas esculturas con su color natural. Otras están revestidas con mineral de oro, de plata y/o de cobre, pero siempre con un tono solar. La base puede ser otro flotante o una piedra recogida en la playa que se me impuso por su tamaño, sus rugosidades, sus grietas y/o su color. Incluso, de cuando en cuando, prefiero utilizar cantos rodados de algún río, o rocas encontradas en los campos de Castilla, de tal guisa, mar y tierra se desposan.

Las piezas sugieren, des-velan algo si nuestro ojo sabe fijarse en ellas. De acuerdo con su sensibilidad y su afecto, cada espectador hace una lectura de la composición que, a primera vista, percibe como una simple abstracción. El flotante con el cual el azar objetivo me hace tropezar, a su vez, me mira y me dice. ¿Acaso no me ayuda a reconocer “este maravilloso precipitado del deseo” (André Breton, El amor loco)? Este objeto insólito, surrealista en el alma, no sólo modifica nuestros hábitos perceptivos (no basta con ver) sino también cuestiona el sentido y el valor de una creación artística. Y para quien quiere descifrar e interpretar el signo, el flotante, como en el sueño, por muy perturbador que sea, nos habla del “único objeto real, actual de nuestro deseo”.

Je vous invite à partager et à vivre cette folle aventure des dons de la mer!